El papel del docente en la identificación y educación de los alumnos con altas capacidades intelectuales. Luis Cortés Briñol.

Muy a nuestro pesar, la intención pedagógica en España ha sido la de “asimilar” al sujeto con alta capacidad intelectual o superdotación -así como con diversos talentos- al nivel medio del grupo. Es decir, se ha optado por que el ritmo del alumno o la alumna termine equiparándose al del resto de la clase. Así ha ocurrido hasta hace pocos años y como regla general. En otros países, como EE.UU., existe una larga tradición en el estudio de la sobredotación intelectual y se ponen en marcha cada año multitud de iniciativas para el análisis y desarrollo de programas específicos para estudiantes con ese perfil. Nos llevan ventaja.
 
Puede sonar duro pero la realidad es que la mayoría de los casos de superdotación pasaron desapercibidos en décadas anteriores -y hoy todavía- debido a la impericia y falta de atención de los docentes que, por desconocimiento, no supieron ver lo que tenían delante hasta que se presentaron los problemas. O ni siquiera entonces. Como consecuencia, los índices de identificación eran bajísimos (cuando la estadística nos habla de capacidad muy superior en una proporción de entre un 1 y un 3 por ciento del alumnado.) Los profesores carecen en España de la formación necesaria para realizar las tareas de identificación pertinentes, de modo que se identifica poco y se identifica mal. Así, la detección queda en muchas ocasiones relegada al ámbito familiar y de amistad del niño o la niña.
Según un informe del Defensor del menor en la Comunidad de Madrid (Los niños superdotados, una aproximación a su realidad. Madrid, 2003), la tasa de identificación de alumnos superdotados es del 50% en el ámbito mundial. Según el informe, los datos para la Comunidad de Madrid son menos alentadores ya que:
” […] los maestros identificaron tan sólo un 44% de los alumnos que estaban en sus clases y, por tanto, dejaron de identificar un 56% de los que lo eran. Además, identificaron como superdotados un altísimo número de alumnos -97%- que no eran superdotados. “
Por fortuna, la situación se va transformando poco a poco dentro de nuestras fronteras. Cada vez los docentes están mejor preparados y tienen más en cuenta las necesidades específicas que el alumno demanda. Existen hoy día buenos profesionales que luchan por prestar una atención lo más cercana y personalizada a sus alumnos. Sin embargo, cuentan con grandes dificultades estructurales que impiden una observación y atención más detenida (clases con masificación de alumnos, mayor presencia de estudiantes extranjeros que suelen requerir un ritmo algo más lento para adaptarse, falta de iniciativas institucionales y gubernamentales, etc.). En estas circunstancias la tarea del docente, quien suele detectar los casos en primera instancia junto con las familias, no resulta sencilla.
Por otra parte, la dificultad intrínseca de la identificación juega en contra de los alumnos y hace peligrar su futuro académico y emocional. El porcentaje de alumnos con superdotación que fracasan escolarmente es alarmante. Esto significa que aún siendo diagnosticados los casos, no sabemos cómo acertar con la actuación. ¿Aceleración de curso, apoyo curricular, colegios de “élite” exclusivos? ¿Cómo enfocar cada perfil?
Existen diferentes modelos de intervención educativa, que pueden agruparse en tres categorías: el agrupamiento, la aceleración (flexibilización curricular) y el enriquecimiento. Una aceleración mal llevada a cabo, por ejemplo, puede arruinar el curso del estudiante y producirle un descenso enorme en sus niveles de ilusión, autoconcepto e implicación en la tarea. Del mismo modo, mantener a otro alumno en su curso le conducirá a un aburrimiento y distracción semejante que generará probablemente ansiedad, hiperactividad, depresión y conductas evasivas. Conclusión: cada caso ha de estudiarse personalmente con buen criterio, correspondiendo dicha evaluación a un profesional de la psicología y siendo la decisión última de los padres. Ello se logra con gran vocación, atención, competencia, respaldo institucional y dinero. Pero claro, no basta con tener ilusión por hacer un buen trabajo. Hay que saber hacerlo. Les sorprendería conocer la cantidad de decenas y decenas de profesores de educación infantil, primaria y secundaria con los que he hablado y han manifestado abiertamente su completa ignorancia sobre qué rasgos presentan estos niños, qué los distingue visiblemente de un hiperactivo o de un discapacitado intelectual o cómo hay que dirigirse a ellos en clase.
Siempre he sostenido que hace falta en España un cambio de perspectiva, de interés político, que dé prioridad a la formación de los profesores en la identificación de alumnos superdotados y otorgue a sus “mentes del futuro” las posibilidades materiales para desarrollarse, en tanto que valioso capital intelectual del país. Los superdotados también son niños con necesidades educativas especiales. Tanto la discapacidad intelectual como la alta capacidad intelectual (polos opuestos) tienen necesidades educativas especiales, que demandan una intervención educativa inmediata. Atención desigual para el desigual. Mientras esto no se interiorice nos quedará mucho camino por recorrer.
Con frecuencia se enarbolan crítica hacia los profesores como únicos responsables de la incapacidad de gestión de los casos que se presentan en las aulas. Esto tampoco es justo. Los factores que contribuyen al correcto desarrollo cognitivo y emocional del alumnado con gran capacidad intelectual son múltiples y complementarios. Pero las críticas bien enfocadas son, en efecto, algo revulsivo. Y eso es bueno. No cuestionemos tanto si lo hacemos bien o mal; avancemos en la dirección que nos invita a reflexionar sobre cómo podemos hacerlo mejor. Todos. Familias, docentes, psicólogos, terapeutas, pedagogos y ministros.
Mi experiencia como superdotado me indica que tratar a un niño intelectualmente más dotado como si no lo fuese, sirve únicamente para crearle frustraciones en el futuro. No desviemos la mirada y centrémonos en intentar comprender, en actuar. Porque, muy por encima del éxito académico y profesional del superdotado, está, como en cualquier niño o niña, su felicidad.
3 comentarios
  1. Sonia
    Sonia says:

    Me ha encantado la forma en qué explicas el problema real de esta tema: falta de perspectiva e interés. Se suele buscar justificación a la desatención de los alumnos con AC a la falta de medios y preparación, pero en realidad si no se prioriza su atención es porque hay muchos prejuicios e ideas preconcebidas que hacen que no se considere necesario "perder" el tiempo con ellos. Y estos prejuicios existen en todas las instancias, desde el profesorado a la Administración. Al menos esta es la conclusión a la que he llegado con mi hijo, al que finalmente este año cambiaremos de colegio con la esperanza de encontrar una mentalidad más abierta sobre este tema. Pero le ha costado ansiedad y malos resultados escolares. Está claro que el profesorado necesita las herramientas, pero para que las tengan tenemos antes que conseguir cambiar actitudes. La desatención a un alumno sea cuál sea su naturaleza nunca puede tener excusa.

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