No pretendemos dar pena. Queremos dar alegrías.

GIRO COPERNICANO
Esta expresión emerge de la investigación de Inmanuel Kant pero se populariza como sinónimo de «cambio radical» en cualquier ámbito del conocimiento. 
Puede entenderse, con las matizaciones oportunas, que el «cambio radical» de enfoque determina una nueva realidad. Una vez realizado el «giro» las consecuencias empiezan a caer en cascada.
En el ámbito de las altas capacidades se torna necesario realizar un «giro copernicano» para que podamos explicar esta realidad de un modo más positivo y, sobre todo, adecuado. 
El enfoque habitual, sostenido por la mayoría del tejido asociativo relacionado con este tema, consiste en establecer una comparativa basada en un criterio puramente jurídico: la igualación de derechos entre todos los que componen el amplio colectivo del alumnado con necesidades específicas de apoyo educativo. Con otras palabras, que tienen igual derecho a la educación o al desarrollo hasta el máximo de sus posibilidades tanto el alumnado con dificultades de aprendizaje como el que tiene una extremada habilidad para aprender. 
Este enfoque, adecuado para sostener una lucha legal en caso de que la atención no sea la que en derecho le corresponde a un determinado alumno, pierde toda su eficacia cuando trasciende el mundo del derecho y se inserta en el mundo social. Cuando pasa de ser un problema jurídico a un problema social.
Cuando alguien lucha por los derechos de uno de los suyos en ocasiones olvida que, al salir de ese contexto y colocarse en la posición de «sociedad» frente a otros problemas, él mismo otorgaría su apoyo a quien más lo necesitara, entendiendo la necesidad desde un punto de vista social o humano. Un ejemplo aclarará este asunto.
La siguiente figura representa cómo se establece la comparativa entre las altas capacidades y las bajas capacidades desde un punto de vista social. En este contexto no hay pie de igualdad como ocurre en el derecho, sino que se da un evidente desequilibrio comparativo que deriva en una inclinación favorable hacia uno de ellos, en todo momento y lugar. Además de un modo natural y que todos entenderíamos como lógico si nos lo realizan con otras problemáticas. Por ejemplo, si alguien no sabe nada de un determinado tema y le preguntan que a quién apoyaría, si a una persona que tiene «más» de algo o a otra que tiene «menos» de ese algo, la respuesta más común sería: por lógica, a la que tiene «menos», precisamente porque son los que MÁS necesitan de ayuda. Este más supone una hipervaloración de un colectivo frente al otro, lo que determina que toda la atención, esfuerzos, interés y medios se vuelquen en esa dirección, olvidando poco a poco la contraria. 

Altas Capacidades

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Bajas Capacidades
Este enfoque, de carácter paliativo, presupone que si ambos colectivos tienen necesidades de apoyo educativo especiales ha de considerarse que los dos tienen un «problema» que hay que paliar en la medida de lo posible. Esta consideración se apoya en considerar la palabra necesidad como sinónimo de «carencia». Y claro, la consecuencia normal de esta forma de enfocar el asunto es que a nadie que desconozca esa realidad se le ocurriría pensar que los que «más» tienen puedan presentar «carencia» alguna. Y si hay una ley que así lo expresa puede que lo asuma de un modo formal, pero su actitud de ayudar al que «más» lo necesita le llevará a poner todo su ser en el grupo de los que «menos» tienen. Es decir, de aquellos que tienen «más problemas». 
Este enfoque negativista, palitivo y problematizador confiere al asunto de un halo de precariedad que activa el mecanismo de la compasión humana. Todos, en mayor o menor medida, nos sentimos impelidos a ayudar a los más necesitados. Si vemos a una persona mayor al lado de un cruce nos acercamos a ayudarle a cruzar. Si notamos que una persona tiene hambre, le damos algo de comer. Si sabemos que alguien no tiene piernas, le ayudamos construyéndole una silla de ruedas. Todo muy normal. 
Todos estos condicionantes, y algunos más que no vamos a examinar para no hacer prolija esta comunicación, nos hacen pensar en la ineficacia que supone mantener este enfoque a la hora de dotar de conocimiento a la sociedad sobre lo que implican las «altas capacidades». Por eso hay que abandonar definitivamente este enfoque y gritar fuerte: ¡No pretendemos dar pena!
Es momento pues de abandonar ese enfoque y centrarse en el único que puede aportarnos algo nutritivo. Dar un necesario «giro copernicano» a nuestra forma habitual de entender el mundo de las altas capacidades: como un problema. Y la razón es sencilla: las altas capacidades en general, y las intelectuales en particular, no son un problema.
El cambio de enfoque torna lo negativo en positivo, la paliación en prevención y el problema en reto. ¿Y cómo logramos dar ese giro? Muy sencillo, regresando al contexto social y estableciendo una comparativa adecuada a ese contexto. Con otras palabras, comparar las altas capacidades intelectuales con otras altas capacidades. Gráficamente, abandonar la comparativa ‘vertical’ y adoptar una comparativa genuina, entre iguales, ‘horizontal’, entre «altas capacidades». En la siguiente figura se ve claramente:
Altas Capacidades

Senso-motoras ————————— Intelectuales

Aquí ya no hay un grupo que tiene «más» y otro que tiene «menos» de algo. Los dos tienen «más» de cosas diferentes. En este momento, se puede establecer una comparativa razonable desde el punto de vista social.

Hemos establecido la comparativa entre las altas capacidades intelectuales y senso-motoras porque éstas son las más fácilmente reconocibles por el gran público, generalmente ignorante de la realidad del primer grupo. Todos podemos reconocer sin mucho esfuerzo algunas de sus manifestaciones: en el deporte, en el baile o en el cante, por poner tres ejemplos sencillos.
Si nos fijamos un poco, advertiremos rápidamente un desequilibrio social en el reconocimiento de ambos tipos de alta capacidad. Una visión de superficie nos llevaría a la siguiente reflexión: ¿por qué la sociedad alienta y aplaude, fomenta y respeta tanto la actualización del potencial que tienen las personas con altas capacidades senso-motoras (deporte, baile, cante, etc) y, sin embargo, desalienta y reprueba, olvida y desprecia tanto la actualización del potencial que tienen las personas con altas capacidades intelectuales?
Hay muchas respuestas a esta pregunta, pero una de las más importantes radica en el enfoque que se ha mantenido estos años, el anteriormente descrito. 
Por estos y otros motivos, desde aquí deseamos cambiar el grito anterior para proclamar bien alto que ¡Queremos dar alegrías!, tal y como las dan los deportistas, los bailarines y los cantantes de alto nivel.
Para que esto pueda concretarse en algo más que palabras sin contenido real es necesario borrar del mapa la palabra «problema» y sustituirla por el término «reto». Debe enfocarse como un auténtico Reto Social. Y la responsabilidad social de los que más recursos tienen es la de Invertir seriamente en este reto.
¿Por qué? Porque obviamente esta inversión revierte en la propia sociedad. No se trata de un «gasto social» sino de una auténtica «inversión social» de futuro, algo positivo para todos. 
La mejora de los mejores no sólo influye en la mejora general por contagio (cuando la marea sube todos los barcos suben) –acercándonos a la excelencia- sino en un auténtico cambio de actitud, favorable al desarrollo de esos potenciales.
Hace treinta años era extraño ver a personas por la calle haciendo deporte (mucho más si eran mujeres). Sin embargo hoy día todos somos conscientes de la importancia que la actividad física tiene en nuestra salud general. Y todo gracias a la inversión que se realizó para que los mejores potenciales pudieran competir en igualdad de condiciones con otras altas potencialidades sensomotoras. La explosión de la edad de oro del deporte en España es la consecuencia normal de ese «giro», de ese cambio de actitud y, sobre todo, de esa inversión de futuro. Sin ella ahora mismo no tendríamos la ingente cantidad de deportistas de primera línea dándonos tantos triunfos en distintas disciplinas. 
Si a alguien no se le hubiera ocurrido apostar por la creación de escuelas de fútbol o de academias de baile o cante, jamás podríamos contar con estas expresiones del potencial humano al nivel que ahora se da. Si la sociedad no viera con malos ojos la creación de centros de alto rendimiento intelectual, al igual que no lo ve cuando son del ámbito deportivo, si no lo considerara como una muestra de «elitismo», tal vez en unas décadas pudiéramos gritar bien alto que ese «giro» se ha completado con éxito, y las potencias intelectuales españolas fructifican en un país más preparado para un difícil futuro en el que la inversión en productos propios supone la sostenibilidad de un sistema. Recojamos el gran ejemplo de la Masía, esa fábrica de talentos blaugranas que nutren el primer equipo y dotan de consistencia a una idea, a un patrón reconocible y reconocido en el mundo entero.
Esta es la idea que nos debe guiar para lograr un cambio.
¿Quién se apunta?
José Luis Sánchez Piñero
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