La inteligencia sin control… no sirve de nada

Leyendo el artículo publicado por Yolanda Escuder, en este mismo blog, titulado Conducir a 180, me vino a la memoria aquel anuncio, de hace unos años, de una conocida marca de neumáticos. El spot utilizaba un eslogan que enganchaba al espectador, nada más oírlo y que seguro, más de uno de vosotros, recuerda: «La potencia sin control, no sirve de nada». Pirelli acompañaba su eslogan con una llamativa imagen de Carl Lewis en posición de salida de carrera, enfundado en unos zapatos de tacón. Lógicamente, con el uso inadecuado del calzado, su velocidad se vería mermada y su potencial físico, no se podría desplegar adecuadamente.
Si extrapolamos la idea en la que se basa este eslogan al tema que nos ocupa, podríamos decir que «La inteligencia sin control, no sirve de nada». Porque, un cerebro preparado para aprender a altas velocidades y con un gran potencial, pero no canalizado, trabajado o conducido hacia la línea de meta, se perderá por el camino y no alcanzará sus objetivos.
Tratando de manera habitual a niños y niñas con altas capacidades, observo cómo vivir de las rentas, se convierte en una máxima que acompaña a muchos de ellos en sus actividades diarias y la ley del mínimo esfuerzo, en su recurso ante todo aquello que suponga trabajar. Retomando el símil del anuncio, se enfrentan a la carrera mal preparados, usando tacones incómodos que les impiden correr, volar.
Cuando los padres de estos niños y niñas me dicen «mi hijo/a es un vago/a, no hace nada»; casi siempre, lo que nos encontramos es una inteligencia que le permite alcanzar metas, apenas sin esfuerzo. Hay una falta clara de hábito y rutina de trabajo, imprescindible para la consecución de logros; asimismo, estos niños/as se sienten incapaces de realizar cualquier tarea que suponga un esfuerzo sostenido en el tiempo.
Bien es cierto que el problema de la falta de esfuerzo personal no es exclusivo de los niños con altas capacidades. Se trata prácticamente de un mal endémico de nuestro sistema educativo, aquejando a numerosos alumnos, independientemente de su grado de inteligencia. Pero en un niño o niña con sobredotación intelectual, su capacidad le permite permanecer en una línea de aprendizaje pasivo durante un mayor tiempo. Es en la Enseñanza Secundaria Obligatoria y, sobre todo, en el Bachillerato, donde el fracaso escolar se hace evidente.
¿Quiénes son los responsables de que un niño con un potencial enorme no lo sepa aprovechar en su beneficio y en el de los demás? Quizá no haya que buscar culpables, si no que cada uno de nosotros intentemos solucionar el problema, en la medida de nuestras posibilidades.
La comunidad educativa debería tomar nota,  apoyando a estos niños, no dejándolos a su suerte y esperando que su potencial les obre el milagro.
Por su parte, los padres deberían ser rigurosos ante un pequeño o pequeña que no se esfuerza, sea en los estudios o en otras parcelas de su vida. Y no propongo, desde este foro, volver a los principios educativos que inspiraron la conocida frase la letra con sangre entra; en absoluto.  Me refiero al principio de la responsabilidad en la educación de nuestros hijos, sin complejos; a concederle valor al esfuerzo. Con esa responsabilidad aprenderán a luchar por sus objetivos, a no desistir ante el más mínimo contratiempo y a ser personas que, sobre todo, saben lo que poseen y con capacidad práctica, lo usan. 
Y respecto a todos aquellos que tenemos la enorme suerte de trabajar con ellos, debemos guiarlos, «atraparlos» en un modelo de aprendizaje atractivo y responsable, que valore y refuerce positivamente el trabajo, para que no tiren la toalla ante su futuro.
Consigamos, entre todos, que controlen su inteligencia y que la meta no les resulte tan imposible de rebasar.
Un cordial saludo.
Gloria Pavón Basurte. Psicóloga del Centro Psicopedagógico AS.
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